Cardenal Marx: ‘Debemos respetar más la conciencia de los cónyuges… permitamos la comunión para los divorciados que tienen una nueva unión civil’

Cardenal Reinhard Marx 01

Presentamos aquí el texto íntegro de la intervención durante el Sínodo de la Familia del cardenal Reinhard Marx, arzobispo de Munich, presidente de la Conferencia Episcopal Alemana y miembro del grupo de nueve cardenales (C-9) que asesoran de forma más de cercana al Papa en los procesos de renovación de la Curia. Marx es uno de los más insistentes promotores de la comunión a divorciados que viven en nueva unión civil. En el discurso, el purpurado presenta las que considera son las ‘claves teológicas’ que el Concilio Vaticano II ofrecería para dar respuesta al acceso a los sacramentos de los divorciados ‘vueltos a casar’. Afirma que la Iglesia tiene la misión de curar a los que han fracasado en su matrimonio, y pregunta: ¿Realmente podemos sanarlos sin permitir que acudan el sacramento de la Reconciliación? En su opinión se debería respetar más la conciencia de los cónyuges y no centrar la ‘sacramentalidad’ del matrimonio sólo en la indisolubilidad. Y concluye: ‘deberíamos considerar seriamente la posibilidad – basados en cada caso particular y no de manera general – de permitir a los fieles divorciados que tienen un nuevo matrimonio civil recibir los sacramentos de la Confesión y la Comunión’.

Discurso del Cardenal Reinhard Marx en el Sínodo da Familia

Texto para el Sínodo de la Familia

Reinhard Marx, arzobispo de Munich y presidente de la Conferencia Episcopal Alemana
En el aula sinodal; Vaticano, octubre de 2015

Hace cincuenta años, el Concilio Vaticano II hizo del Evangelio una fuente de inspiración para la vida de los individuos y la sociedad. Lo mismo es cierto hoy para el “Evangelio de la Familia” (Papa Francisco). La constitución pastoral Gaudium et spes (GS) presentó una doctrina del matrimonio que fue luego desarrollada por los Papas posconciliares. Incluso cuando el Concilio no dio respuesta a todas las preguntas que nos interesan ahora, sentó una base teológica que nos ayuda a responder a nuestras preguntas actuales.

El Concilio entiende el matrimonio como una “íntima comunidad conyugal de vida y amor” (GS 48) y desarrolla la doctrina del matrimonio en el contexto de una teología del amor. El amor entre el hombre y la mujer “se dirige de una persona a otra con el afecto de la voluntad, abarca el bien de toda la persona, y, por tanto, es capaz de enriquecer con una dignidad especial las expresiones del cuerpo y del espíritu y de ennoblecerlas como elementos y señales específicas de la amistad conyugal”. Este amor “impregna la totalidad de su vida, más aún, por su misma generosa actividad crece y se perfecciona” (GS 49). El Concilio hace hincapié en que éste amor entre el hombre y la mujer requiere del marco institucional y legal del matrimonio, para desarrollarse y mantenerse permanentemente, en días buenos y malos. No en el último lugar, la institución del matrimonio sirve al bienestar de los niños (cf. GS 50).

Con la ayuda de esta teología del amor y también la teología del pacto, que sólo pueden ser insuficientemente esbozadas aquí, el Concilio logró hacer de nuevo comprensible la sacramentalidad del matrimonio. El amor conyugal se convierte una imagen del amor de Cristo por su Iglesia y el lugar donde el amor de Cristo se hace tangible. Para expresar verbalmente esta conexión entre lo divino y lo humano, el Concilio habla de la alianza del matrimonio. Por último, la fidelidad indisoluble es un signo eficaz del amor de Cristo en este mundo.

Al final, el Concilio considera la sexualidad humana como expresión de amor y sugiere una nueva dirección en la ética sexual. “Por ello los actos con los que los esposos se unen íntima y castamente entre sí son honestos y dignos, y, ejecutados de manera verdaderamente humana, significan y favorecen el don recíproco, con el que se enriquecen mutuamente en un clima de gozosa gratitud” (GS 49). A esta riqueza pertenecen, sin duda, también, pero no sólo, la concepción y la educación de los niños. Los padres conciliares destacan expresamente que el matrimonio sin hijos también persiste como forma plena de “intimidad y comunión total de la vida y conserva su valor e indisolubilidad” (GS 50).

Éste Sínodo de los Obispos tiene como tarea profundizar y desarrollar esta teología del amor y del pacto, que el Concilio ha establecido en sus elementos básicos, pero que aún no está totalmente reflejada en la ley canónica, y esto, con la vista puesta en los retos actuales de la pastoral sobre el matrimonio y la familia. Me gustaría centrarme en dos retos: la preparación al matrimonio y la cuestión de tratar razonablemente a los fieles cuyo matrimonio ha fracasado y a aquellos – no pocos – que se han divorciado y vuelto a casar civilmente.

No es casualidad que el Concilio hable de crecer en el amor. Eso es cierto para la convivencia en el matrimonio, pero también lo es para el tiempo de preparación al matrimonio. El cuidado pastoral que debe darse a los que se van a casar debe mostrar, de forma más clara, el aspecto ‘itinerante’ del ser cristiano, también en relación con el matrimonio y la familia. Todos estamos llamados a la santidad (cf. Lumen gentium, 39), pero el camino hacia la santidad sólo termina en el último día, cuando estemos ante el tribunal de Cristo. Este camino no siempre es recto y no siempre lleva directamente a la meta prevista. En otras palabras: en el camino de la vida de los cónyuges hay momentos de sentimientos intensos y tiempos de desilusión, de proyectos conjuntos exitosos y planes, tiempos de cercanía y tiempos de alienación. A menudo, las dificultades y las crisis, cuando se superan en conjunto, fortalecen y consolidan el vínculo matrimonial. La preparación para el matrimonio en la Iglesia no puede estar determinado por el perfeccionismo moral. No debe ser un programa de “todo o nada”. Es más importante que veamos las distintas situaciones de la vida y las experiencias de las personas de una manera diferenciada. Debemos mirar menos a lo que aún no se ha logrado en la vida, lo que ha fallado, y más lo que ya se ha conseguido. Las personas, por lo general, no son motivadas a ir adelante en el camino de la santidad por un dedo levantado, y sí por una mano extendida. Necesitamos una pastoral que valore la experiencia de las personas en sus relaciones amorosas y que sea capaz de despertar un anhelo espiritual. El sacramento del matrimonio debe, en primer lugar, ser proclamado como un regalo que enriquece y fortalece el matrimonio y la vida familiar, y no como un ideal que no puede ser alcanzado por logros humanos. Tan indispensable como la fidelidad para toda la vida es el desarrollo del amor, por lo que la sacramentalidad del matrimonio no debe reducirse a su indisolubilidad. Es una relación integral que se desarrolla.

El momento de recibir el sacramento del matrimonio es, de hecho, el principio del camino. El sacramento no sólo ocurre en el momento de contraer matrimonio, en el que ambos cónyuges expresan amor y lealtad mutua, sino que se desarrolla en el camino que toman juntos. Dar forma a la vida común en el matrimonio es la responsabilidad de los cónyuges. La pastoral de la Iglesia no solamente puede y debe apoyar a los cónyuges, sino que también debe respetar su responsabilidad. Debemos dar más espacio a la conciencia de los cónyuges en el anuncio y en el cuidado pastoral. Ciertamente, es deber de la Iglesia formar las conciencias de los fieles, pero el juicio individual de la conciencia no puede ser reemplazado. Esto es especialmente cierto en situaciones en las que los cónyuges deben tomar una decisión en un conflicto de valores, como cuando la abertura para concebir hijos y la preservación de la vida matrimonial y familiar están en conflicto entre sí.

Tampoco el cuidado pastoral puede evitar siempre que algunos matrimonios fallen o que cónyuges decidan poner fin a su pacto de vida y amor y opten por la separación. Además, el nuevo proceso de nulidad matrimonial no puede cubrir todos los casos de manera correcta. A menudo, el final de un matrimonio no es resultado ni de la inmadurez humana, ni de la falta de voluntad. Tratar con fieles cuyos matrimonios han fracasado y que, con bastante frecuencia, entraron en un nuevo matrimonio civil después del divorcio, sigue siendo un problema pastoral urgente en muchas partes del mundo. Para muchos fieles – incluyendo aquellos cuyos matrimonios están intactos – es una cuestión de credibilidad de la Iglesia. Lo sé por muchas conversaciones y cartas.

Afortunadamente, los Papas Juan Pablo II y Benedicto XVI no dejaron ninguna duda de que los divorciados vueltos a casar son también parte de la Iglesia, y en varias ocasiones los invitaron a tomar parte, de forma activa, en la vida de la Iglesia. Por lo tanto, es nuestro deber desarrollar una pastoral de acogida para estos fieles y hacer que participen cada vez más en la vida de las comunidades. Para ellos, la Iglesia tiene que ser testigo del amor de Cristo, que se ofrece en primer lugar a los que han fracasado en sus intenciones y esfuerzos. Porque “no son los que tienen salud los que necesitan del médico, sino los que están enfermos” (Mt. 09,12). Es la misión de la Iglesia curar las heridas causadas por el fracaso de un matrimonio y la separación de los cónyuges, y mostrarles que Dios está con ellos también en los tiempos difíciles. ¿Realmente podemos sanarlos sin permitir que acudan el sacramento de la Reconciliación?

Con un ojo en los fieles divorciados que se han vuelto a casar civilmente y que toman parte activa en la vida comunitaria de nuestras comunidades, muchos fieles se preguntan por qué la Iglesia les niega, sin excepción, la participación en la comunión sacramental. Muchos, en nuestras comunidades, no pueden entender cómo se puede estar en plena comunión con la Iglesia y, al mismo tiempo, ser excluidos de los sacramentos de la Confesión y de la Eucaristía. Se les da como razón el hecho de que los fieles divorciados que se han vuelto a casar civilmente viven objetivamente en adulterio, por lo que están en contradicción con lo que se presenta emblemáticamente en la Eucaristía, la fidelidad de Cristo a su Iglesia. ¿Pero esta respuesta hace justicia a la situación de los interesados? ¿Y es sacramental y teológicamente convincente? ¿Pueden entonces las personas que consideren estar en situación de pecado grave tener verdaderamente la sensación estar em plena comunión con la Iglesia?

En la Conferencia Episcopal Alemana nos hemos ocupado intensamente durante los últimos años de la teología y la pastoral del matrimonio y la familia. Tomamos en serio el encargo del Santo Padre de pensar en el tema, discutirlo y profundizarlo durante el intervalo de los dos sínodos. La Conferencia Episcopal Alemana organizó en mayo de 2015 una jornada de estudios sobre el tema, junto con las conferencias episcopales de Francia y Suiza, cuyas contribuciones han sido publicadas. En las facultades de teología de nuestro país también se abordaron y debatieron estos temas desde la perspectiva bíblico-teológica, exegética, canónica y pastoral. Además, hubo diversas publicaciones y conversaciones con teólogos. Hemos aprendido que este trabajo teológico debe continuar en el futuro.

Sobre el tema de los fieles divorciados que se han vuelto a casar civilmente, los obispos alemanes publicaron en junio del año pasado algunas consideraciones y preguntas, que me gustaría exponer brevemente.

Alguien que, tras el fracaso de un matrimonio ha entrado en un nuevo matrimonio civil, del que a menudo nacen niños, tiene una responsabilidad moral hacia la nueva pareja y hacia los hijos, y no puede renunciar a esa relación sin tener que cargar con nuevas culpas. Incluso, si una renovación de la relación anterior fuera posible – que por lo general no lo es – el interesado se encuentra en un dilema moral objetivo, del que no hay salida clara desde un punto de vista moral. El consejo de abstenerse de actos sexuales en la nueva relación no parece razonable para muchos. También existe la pregunta de si los actos sexuales se pueden juzgar de forma aislada del contexto de la vida. ¿Podemos evaluar los actos sexuales de segundo matrimonio civil como adulterio, sin excepción? ¿Independiente de una evaluación de la situación en particular?

En lo que respecta a lo sacramental y teológico deben considerarse dos cosas. ¿Podemos, en todos los casos y con la conciencia tranquila, excluir del sacramento de la Reconciliación a los fieles que están civilmente divorciados y que han entrado en una nueva unión civil? ¿Podemos rechazar la reconciliación con Dios y la experiencia sacramental de la misericordia de Dios, incluso cuando se arrepienten sinceramente del fracaso de su matrimonio? En cuanto a la cuestión de permitirles la comunión sacramental, debe considerarse que la Eucaristía no sólo hace presente el pacto de Cristo con su Iglesia, sino que lo renueva, y fortalece a los fieles en su camino a la santidad. Los dos principios de la admisión a la Eucaristía, que es el testimonio de unidad con la Iglesia y la participación en los medios de la gracia, a veces puede estar en contradicción uno con el otro. En la declaración Unitatis redintegratio (N. 8), el Concilio dice: “no es lícito considerar la communicatio in sacris como un medio a ser aplicado indiscriminadamente en la restauración de la unidad de los cristianos. Esta communicatio depende principalmente de dos principios: de la necesidad de testificar la unidad de la Iglesia y de la participación en los medios de la gracia. El testimonio de unidad frecuentemente la prohíbe. La búsqueda de la gracia, algunas veces la recomienda”. Mas allá del ecumenismo, esta afirmación tiene una importancia pastoral fundamental. En su carta apostólica Evangelii Gaudium el Santo Padre añade, en referencia a las enseñanzas de los Padres de la Iglesia: “La Eucaristía, si bien constituye la plenitud de la vida sacramental, no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles. Estas convicciones también tienen consecuencias pastorales que estamos llamados a considerar con prudencia y audacia” (47).

A partir de los fundamentos teológicos establecidos por el Concilio Vaticano II deberíamos considerar seriamente la posibilidad – basados en cada caso particular y no de manera general – de permitir a los fieles divorciados que tienen un nuevo matrimonio civil recibir los sacramentos de la Confesión y la Comunión, cuando: la vida en común en el matrimonio canónicamente válido ha fracasado definitivamente y no puede ser declarado nulo, las obligaciones con para con este matrimonio se cumplen, hay remordimiento por la culpa que se tuvo en el final de esa vida en común y existe la voluntad sincera de vivir el segundo matrimonio civil en fe y de criar a los hijos en la fe.

NotiFam

Para la traducción, se uso como texto base el texto publicado en español por InfoVaticana, y se cotejó con el original, reformulando algunos párrafos.