Mi padre fue adicto a la pornografía

Michelle VanLoon

Mi padre me enseñó a andar en bicicleta, el valor de un remate genial de un chiste y lo que una mujer tenía que lucir y actuar.

Mi padre era un gran hombre con un mal hábito.

Si tenemos en cuenta las relaciones impactadas negativamente por una adicción a la pornografía, la mayoría de nosotros considera en primer lugar al cónyuge o novia/novio del adicto. No es sólo el compañero adulto el que se ve afectado por el hábito de la pornografía. Incluso si el adicto cree que él o ella tiene el hábito en secreto, la toxicidad de la pornografía infecta las demás relaciones en la vida de un adicto.

Cuando yo estaba creciendo a fines de los ‘60 y principios de los ‘70, la pornografía había hecho su camino en nuestra casa en la forma de las revistas Playboy en nuestra mesa de café, junto a copias de Redbook y Ladies Home Journal de mi mamá. Mis padres habían llegado a la mayoría de edad en la época que está reflejada en la serie televisiva Mad Men [la década de los ’60], cuando la revista de Hugh Hefner fue una señal indicadora de lo que era la buena onda, de la misma manera que otros sofisticados de su generación fumaban cigarrillos en el consultorio del médico, bailaban lento con las canciones de Sinatra y bebían un aperitivo sucio antes de la cena.

La lectura en la mesa de café era sólo la punta del iceberg en nuestra casa. Todavía recuerdo las olas de choque que me golpearon cuando descubrí la revista de fuerte contenido erótico, con el precio impreso, escondida en el dormitorio de mis padres. Yo tenía 11 ó 12 años cuando descubrí una carga de ese material en la cómoda y en la mesa de luz de mi padre. Cada vez que mis padres salían de la casa, yo estudiaba cada volumen envuelto. Yo no entendía lo que había leído, pero yo sabía que me había iniciado en el mundo del adulto, a una edad en que apenas yo entendía la mecánica de cómo “se hacían” los bebés.

Pensé que esos libros y materiales contenían lo que significa ser un adulto. La pornografía me ha enseñado que lo más importante para los adultos era este misterioso mundo de fantasía, dolor e impulsos animales demasiado poderosos como para ignorarlos. Yo estaba sacudido por la diferencia entre las Barbies sexualmente voraces que yo había encontrado en los libros, y la casi adolescente flaca, con el cabello rizado y utilizando aparatos dentales, que vi al mirarme fijamente en el espejo. En 8 º grado yo estaba decidido a hacer lo que pudiera para cerrar esa brecha. Usé algo de lo que había aprendido de los libros y revistas con algunos chicos del vecindario, que más tarde descubrí es una respuesta muy común en los niños que están expuestos a la pornografía .

Sin embargo, no fue sólo la exposición temprana a la pornografía y a la experimentación sexual resultante lo que dejó manchas oscuras en mi alma. Fue devastador darse cuenta que la pornografía era un socio adicional en el matrimonio de mis padres. El descubrimiento del fraude de mi padre me despojó de un sentido de confianza en mí. A partir de ese momento, yo estuve un poco incómoda con mi papá. Yo estaba incómoda con mi mamá también, pero la dificultad era definitivamente más pronunciada cuando yo estaba con mi papá alrededor. Era como si accidentalmente lo viera a él desnudo, aunque nunca fue el caso. Me quedé con las preguntas que yo no tenía ni palabras ni nervios para preguntar: ¿Cómo mi papá vio a mi mamá? ¿A otras mujeres? ¿A mí? ¿Lo que mi padre desaprobaba en mí era porque yo no me veía como las mujeres en Playboy?

No me acuerdo que ninguno de mis padres me dijeran que yo era hermosa. Habría dado cualquier cosa por oír eso de uno de ellos. De hecho, yo daba cualquier cosa cuando me entregaba a algunos niños ansiosos, esperando escuchar a uno de ellos que mis padres estaban equivocados respecto a mí.

No es de extrañar que alguna vez mi papá me aconsejara “adquirir alguna experiencia” antes del matrimonio. Él no sabía que yo ya la tenía. Mucho más tarde, me di cuenta que su consejo fue probablemente un triste auto-informe sobre su relación con mi mamá.

No fue hasta más tarde en mi vida, después de haberme convertido al cristianismo, después de haberme casado, que comencé a tener en claro cuán profundamente había sido afectada por tener pornografía en mi infancia. Los hombres que han crecido con un padre adicto a la pornografía me dicen que ellos aprendieron que los verdaderos hombres son adictos al sexo, y que está bien hacer de la mujer un objeto. Doy gracias a Dios que mi marido no trajo el equipaje de la pornografía a nuestro matrimonio. Mi inocencia perdida y mi deformada imagen de mí misma han sido más que suficiente equipaje para nosotros dos.

Dios es un sanador maravilloso. Aunque no puedo olvidar del todo, puedo perdonar porque he sido perdonada. He perdonado a mi papá y a mi mamá, y a mí misma, por las opciones que he hecho. Sigo practicando el perdón, así como Dios continúa excavando y remodelando mi vida. He sido bendecida con un esposo paciente que ha caminado a mi lado durante más de tres décadas, ayudándome de vez en cuando a soltar los puños apretados de este equipaje o de ese bolso de mano que he arrastrado durante demasiado tiempo.

Y la restauración también ha llegado cuando compartí mi historia con padres que han descubierto que su cónyuge es adicto a la pornografía. Aunque estos padres podrían estar librando una guerra de adultos en su relación con una combinación de oración, herramientas de vigilancia en Internet, asesoramiento y grupos de apoyo, ellos necesitan recordar que este no es un campo de batalla sólo para adultos. Los efectos de la pornografía impregnan el ambiente de un hogar de la misma manera que el gas nocivo. El compromiso de apreciar la personalidad de cada niño y proteger con ferocidad su inocencia son armas esenciales al pelear la batalla también.

Este artículo apareció por primera vez en el blog her-meneutics de Christianity Today. Se reproduce con permiso del autor.

Versión original en inglés en http://www.lifesitenews.com/news/my-father-was-a-porn-addict

Traducción por José Arturo Quarracino